














Elephant marca un punto de inflexión en la evolución de la banda, ya anunciado en White Blood Cells (2001) y confirmado posteriormente en Get Behind Me Satan (2005). Arranca con un hard-rock renovado, Seven Nation Army, algo pausado y con los típicos cambios de ritmo de este género. El contenido de la letra, como no podía ser de otra manera, es antibélico: "Me voy a Wichita/ lejos de esta ópera de nunca acabar./ Voy a segar la siembra/ sudar cada poro./ Y estoy sangrando justo delante del Lord/ y las palabras sangrarán por mí/ y no pensaré más./ Y las esquirlas saliendo de mi sangre/ me dicen: Vuelve a casa". 

Le sigue un soberbio cover de una composición de Burt Bacharach, I just don't know what to do with myself –aquí el tema es la soledad tras la ruptura– y, tras él, el bluesy cantado por la edulcorada voz de Meg, In the cold, cold night –en este caso, una mujer espera al amante recogida en la fría noche–; ambos anuncian unos cuantos temas relajantes para mesurar el alto voltaje postrero. 





Cuando escuché el primer track del álbum, Rough Justice, la impresión fue como si los Rolling Stones hubiesen irrumpido con la misma actitud gamberra de los años setenta, con ese sonido áspero aplicando la técnica de slide en las guitarras que tan bien sabe aprovechar Keith Richards, a lo Brown Sugar. Directo, rocanrolero, muy bueno. "Una vez fuiste mi nena pollita/ Ahora te has convertido en una zorra/ Y hace algún tiempo yo fui tu pequeño gallo/ ¿Ahora sólo soy uno de tus machos?", canta un misógino Mick Jagger en argot callejero. Empalma Let me down slow, que tiene como mayor virtud un estribillo pegajoso, y si bien el ritmo no decae, la canción no está a la altura de los mejores momentos de la banda. En It won't take long los Stones retoman la fuerza, y así como en Rough justice se repasa el tópico de las pulsiones eróticas insatisfechas, aquí se reincide en la temática del amor que no se puede olvidar, y tal es el derrotero letrístico de casi todas las canciones de este A bigger bang. Salvo algunas honrosas excepciones, pareciera que el vuelo narrativo-poético de Sir Mick Jagger y Richards ya llegó a su techo y expresa agotamiento creativo. De todas formas, It won't take long promete darle un nuevo impulso al disco, pero enseguida Rain fall down es un peldaño abajo notorio, un tema funk muy rítmico aunque demasiado ligero, más conectado a la orientación que lamentablemente ha tenido su música desde los ochenta hasta esta parte del siglo. La balada Streets of Love tampoco destella: conserva lejanamente la tristeza de Angie, pero la producción no sobrepasa la llamada "radiofórmula"; de todos modos es una aceptable canción, sin descollar.
Back of my hand es ya otro lote, un blues acompañado con la armónica, de gran feeling, y la letra se refiere a un predicador que visiona imágenes apocalípticas: "Escucho al predicador en la esquina/ Estrepitoso como un loco/ Él dice que hay un problema:/ Los problemas están viniendo/ Puedo leerlo como si estuviese escrito en la palma de mi mano.../ Veo sueños, veo visiones/ Imágenes que no entiendo/ Veo las paranoias de Goya/ Puedo leerlo como si estuviese escrito en la palma de mi mano".
She saw me coming encajaría sin problemas en Tatoo You; a quienes les guste ese disco les encantará y no dejarán de saltar con esta canción. Personalmente me merece más aprecio que la archipublicitada Start me up, por lo menos no cae como ésta en cierta chabacanería. Prosigue Biggest mistake, un pop sin demasiadas pretensiones: suena bien, es agradable, pero no es nada especial y puede llegar a aburrir después de varias escuchas; esto es más que transparente cuando escuchamos a Richards cantar This place is empty, una pieza semiacústica con piano realmente exquisita. Inmediatamente rocanrolean en Oh no, not you again y Dangerous beauty, con riffs de cierta dureza y los conocidos estribillos rollingstoneanos a la usanza setentera, que son como un pasaje de vuelta a las cavernas. Suenan sinceros aunque repiten la receta con descaro.
Laugh, I nearly died es otra de las cumbres de este A bigger bang. Aquí arriesgan más sin que ello signifique, por supuesto, variar su estilo ni menos reinventar su sonido. Es un rythm & blues con una excelente performance vocal de Mick Jagger y un mayor trabajo en las armonías vocales, que reflejan muy bien el desánimo existencialista de la letra: "Estuve viajando pero no sé adónde/ Te estuve perdiendo pero a ti no te preocupó/ Y estuve deambulando, he visto Grecia y Roma/ Perdido en el desierto, tan lejos de casa// Estuve en África, cuidando mi alma/ Y me siento como un actor buscando un rol/ He estado en Arabia, he visto millones de estrellas/ Sorbiendo champán en los bulevares// Estoy tan enfermo y cansado/ Tratando de pasar la marea/ Así que me diré adiós/ Sonríe Sonríe/ Estoy próximo a morir".
Otro tema excelente y de sorprendente contenido político es Sweet Neo Con, una diatriba a Mr. George W. Bush, que tiene un remoto parentesco en la estructura y los estribillos con la ácida How do you sleep? de John Lennon. Sólo fijémonos en la letra: "Te llamas a ti mismo un cristiano/Pienso que eres un hipócrita/ Dices que eres un patriota/ Pienso que eres un pedazo de mierda// Y ahora escucha: la gasolina/ la tomo todos los días/ Pero está alcanzando un precio demasiado elevado/ ¿y quién va a pagarlo?// ¿Cómo puedes estar tan equivocado/ Mi dulce Neotimador?".
Look what the cat dragged in es otro funk que nadie extrañaría, puede divertir pero no más, y en este punto habría que considerar que los Rolling Stones precisamente no han despuntado en este género. No habría necesidad de compararlos con George Clinton y sus Parliament o Funkadelic; pensemos simplemente en INXS y veremos que ninguno de los dos cortes funky incluidos en este álbum dan la talla en relación con la música de la banda australiana. Lo acompaña en su intrascendencia Driving fast, canción pop inconsistente. El final sí se lleva las palmas: Infamy, la segunda colaboración en la voz de Keith, con seductores riffs y armónica, evoluciona en un extenso e hipnótico estribillo. Entre lo mejor del disco.
A bigger bang, título pretencioso para un álbum que está muy a la zaga de sus grandes discos de los años setenta. Apenas chispazos, una remota luminosidad de una entidad musical que, al parecer, dejó lo mejor de su potencial creativo anquilosado hace muchos años en ese pasado de leyenda que aún los acompaña como una sombra inquieta. Dieciséis canciones, casi un disco doble que se opaca si se lo compara con su Exile on main street de 1972, pero como suele suceder en estos casos, bastan dos o tres canciones para dejar en claro quiénes fueron y para no defraudar a su público. De todos modos, nos deja la sensación de que si se hubiera realizado una criba más exigente y, por ejemplo, seleccionado las diez mejores canciones, los Rolling Stones habrían conseguido –¡al fin!– un disco lo suficientemente compacto para convertirlos hoy en más que en una "leyenda viva".
CATEGORÍA: Clásico.
Hecho este necesario preámbulo, centrémonos en Chaos and creation in the backyard. Contiene muchas canciones de medio tiempo (baladas, en su mayoría) y un par de gemas pop que exhalan un hálito de alegría beat y sirven como necesario contrapunto a un disco que, de haber prescindido de este impromptus de cierta algarabía, se hundiría irremediablemente en la melancolía, en atmósferas oscuras y en una parquedad de estilo que, más que conmovernos, nos hubiera deprimido. Sin embargo, menos mal que Nigel Godrich (productor de Radiohead y Beck y el artífice en la producción de este trabajo de Paul) preservó cierto optimismo de McCartney y no lo forzó a redituar una mala copia de esas bandas actuales que encuentran en la depresión un leitmotiv para componer, aunque en este caso también hay que anotar la acertada decisión de Godrich de presentar la faceta de multiinstrumentista de McCartney.
Precisamente el lado más optimista de Paul se encarga de abrir el CD con Fine Line, un típico tema con atractivas armonías y una línea de piano contagiante de rememoranza Beatle, que se destapa en el último minuto con un coro obsesivo que va in crescendo y que, en la versión en directo que hemos podido escuchar de su actual gira por Estados Unidos, cobra gran fuerza al añadírsele unas guitarras que endurecen el sonido y le dan un efecto más rockero.
Pero quien escuche este primer corte y espere una seguidilla de pop arremetedor y fresco, se sorprenderá con el segundo tema How kind of you, donde la atmósfera se carga y el ritmo se hace más pausado, para escuchar otra modulación vocal de Paul, más tenue, donde canta con tristeza la recuperación de una fe que creía perdida, "pensé que mi tiempo había terminado/ pensé que mi fe se había ido/ pensé que no habría alguien que estuviera allí por mí". Aquí Paul y Nigel introducen sugestivos loops de piano y guitarra acústica.
Sin embargo, ¿cuál es la intención de publicitar una canción como 'hermana gemela' de un clásico del rock del mismo autor? ¿Sólo un ardid marketero, la presunción de que remover la nostalgia de los fans puede dar muchos bonos? Hay algo de eso, sí, pero me temo que la canción –que en sí misma es brillante, conmovedora– replantea, como en el caso de muchas otras, el sentido mismo del carácter original o innovador del pop, y lo convierte en un continuo reciclaje... ¿fructífero, estéril?, sobre todo ahora que están de moda los samplers (un caso particularmente nefasto es el de Beck incorporando –semiplagiando– en Jack-Ass las notas del teclado del cover de Them It's all over now baby blue, tema original de Bob Dylan, en su elogiado disco Odelay, lo que en mi opinión está muy cerca del fraude) y los hits que son covers encubiertos (recuerdo cómo mucha gente joven creía que The man who sold the world era una prueba irrefutable de la genialidad de Kurt Cobain, porque se les escapaba el dato de que Bowie era el autor). A ver si me explico: si ya existe Blackbird, ¿cuál es el valor de componer una canción que se le parezca? Si la información quedara como mera anécdota no habría ninguna necesidad o excusa para una digresión, pero al parecer para la crítica oficial la semejanza entre canciones supone un valor añadido y no un handicap cuando lo que está en juego es la nostalgia.
Felizmente, Jenny Wren no es Blackbird, y es un error hacer una analogía con una canción Beatle como ella. McCartney no necesita componer canciones que sean 'hermanas gemelas' de otras suyas del pasado... la música pop, menos. Pero sí está en el derecho de redituar su capacidad para hacer piezas acústicas de colección como es el caso de Blackbird, Mother Nature's son, Some People Never Know, Calico Skies y felizmente Jenny Wren. Y de esta última debo decir que es una de las cimas emotivas del álbum, quizá porque el empleo de un instrumento armenio como el duduk, ejecutado por el músico venezolano Pedro Estauche, toca una fibra sensible o tal vez porque la voz se dulcifica y la letra nos invita a conocer la historia de una mujer que no puede cantar agobiada por los problemas del mundo, por lo que es difícil no experimentar una profunda emotividad a menos que se tenga un objeto rocoso en el lugar del corazón.

At the Mercy es una breve pero súper canción, íntegra, oscura, una pequeña obra maestra, cada variación en el compás sugiere una lección de música. Para escucharla correctamente, hay que aguzar la sensibilidad al máximo, pues, como el arte más elaborado, puede dejar frío al oyente desprevenido. Y luego la pregunta ingenua: ¿cómo lo hace? ¿No es Paul el compositor de hits, el autor de "silly love songs", el "fresa" de los Beatles? Una entrada atípica, como una muletilla que podría parecer forzada (At the mercy/ At the Mercy/ At the Mercy...), para luego construir una melodía de las que sabemos que es capaz de trabajar en un piano, una balada que al comienzo puede sonar insípida, con un lejano sabor lennoniano, pero que cobra fuerza en un tour de force a la mitad de la canción cuando escuchamos unas líneas de piano y guitarra al unísono que nos preparan para la última parte, cargada con unas electrizantes guitarras rítmicas. Simplemente genial.
Friends to go denota frescura. Este es el primer tema del disco donde Paul realmente toca todos los instrumentos, sin ningún apoyo –en Fine Line y At the Mercy colabora en las cuerdas el Millenia Ensemble, como también en los siguientes English Tea, Follow Me, This Never Happened Before y Anyway–; una composición pegadiza que nos deja tarareándola todo el día, cualidad que no ha perdido don Macca a pesar de tantos años encima y que nos deja literalmente boquiabiertos, tanto como la perfección con que acomete la ejecución de cada instrumento. English Tea es otra prueba de que el pop rock es una música autorreferencial; en este caso se inscribe dentro de las piezas de vodevil con aroma inglés de las que Paul tiene tantas otras –For no one es quizá la más sobria, y en ese sentido es fácil una asociación directa, pero por qué no When I'm sixty four o Honey pie, o alguna de Wings como You gave me the answer–; en síntesis, sugerente y conmovedora dentro de su obvia ironía. Too much rain se estructura sobre la base de los compases de piano, la melodía es poderosa y la letra es como un puñal atravesado en la garganta ("Ríe cuando tus ojos están quemando/ Sonríe mientras tu corazón está lleno de pena/ Suspira como si te cepillarás el dolor/ Haz un voto/ para que no vuelva a sucederte de nuevo/ No está bien en una vida/ Demasiada lluvia").
Continúa A Certain Softness, que está en clave de bolero y donde Paul canta en falsete, dos características que espantarán a algunos rockers y se convertirán en razones para las pullas de los hardcorianos, aunque melódicamente es intachable, los arreglos y el trabajo en las armonías son de una exquisitez que para sí quisieran bandas dizque alternativas que coquetean con el repertorio musical latinoamericano. Como anécdota, habría que señalar que Paul McCartney visitó Cuba hace algunos años y estuvo en contacto con algunos músicos de la isla para acopiar material con el fin de tener nuevos elementos para inspirarse; se esperaba que en Driving Rain hubiera algún aporte en ese sentido, pero hemos debido aguardar hasta Chaos and creation in the backyard para que se develara el fruto de aquella experiencia.

Riding to Vanity Fair es otra de las cúspides emotivas del álbum. La letra puede ser tanto una respuesta ácida a los ataques de cierta prensa londinense contra su esposa Heather Mills, como un ajuste de cuentas con Yoko Ono e incluso con el fantasma de John Lennon por el asunto de su canonización póstuma: "Mordí mi lengua/ Nunca hablé demasiado/ Traté de ser tan fuerte/ Di lo mejor de mí/ Usé mis gentiles maneras/ Lo hice por mucho tiempo/ Tú me trajiste abajo/ Pero yo no puedo responder con una sonrisa/ Y actuar como si nada estuviera mal/ Qué pretendes!/ Pienso que ya escuché suficiente/ De tu canción tan familiar". La música es muy cadenciosa y minimalista en su parte rítmica, pero adquiere complejidad en los arreglos orquestales que la rodean de una atmósfera borrascosa. En lo personal, me recuerda mucho el tratamiento de producción del Solitude Standing, de Suzanne Vega, y antes de que alguien dibuje en su rostro un gesto de desagrado movido por el prejuicio, me apresuro en aclarar que no sólo es uno de mis discos favoritos, sino que la Vega es una talentosa escritora y música que ha colaborado nada menos que con Philip Glass. Obviando los símiles, Riding to Vanity Fair demuestra no sólo la solvencia de Paul como compositor, sino su capacidad para explorar otras vías dentro de la música pop.
Follow Me mantiene incólume el espíritu Beatle y hará renacer la añoranza por el Paul de los años sesenta. Algunos críticos han sugerido que English Tea podría haber sido incluido sin problema en Revolver; bueno, Follow Me también hubiera calzado a la perfección. Es un tema básicamente acústico, con acompañamiento de cuerdas, que si hubiese sido lanzado como single en los años ochenta se hubiera convertido en un hit. Los versos intermedios están invadidos del lirismo de una Virginia Woolf y su círculo de Bloomsbury: "Debajo de los surcos de la soledad/ Debajo de los senderos del amor/ A través de la frondosidad de los corazones contrariados hacia el final/ En las orillas del lamento/ Donde las olas de la esperanza rompen sus aguas/ Es para mí el lugar perfecto para encontrar a un amigo". Pura poesía para una melodía esplendorosa.
Para hacer justicia a las tres últimas canciones del álbum necesitaría escribir tres párrafos más. Son tremendos himnos pop de poco más de tres minutos cada uno. En Promise to you Girl –otra súper canción y una de mis "favoritas entre favoritas" de este Chaos & Creation– asoma nuevamente el maestro, el gran artífice, el artesano-artista: piano a lo Lady Madonna, una voz potente y a la vez melancólica a la altura de sus mejores interpretaciones vocales, unos coros al estilo Queen, una melodía heredera de otro gran compositor como Ray Davies de The Kinks, ciertos ecos también de los Beach Boys en las armonías casi al final, un enérgico solo de guitarra (Epiphone Casino, para más señas), qué más se necesita para darse cuenta que es un temazo. La letra no nos emociona menos: "Mirando al patio trasero de mi vida/ Es tiempo de barrer las hojas caídas".
This never happened before es una de las típicas baladas de McCartney; corrijamos: tiene la factura de las típicas grandes baladas de McCartney, pero aquí Nigel Godrich da muestras de su enorme talento como productor al haber sido, de hecho, el propiciador de emplear el wall of sound philspectoriano en unos arreglos de violines que se desbordan al inicio y al final de la canción. Un tema para los fans que lo han seguido desde los Wings. Y el último track, Anyway, es al parecer un pequeño tributo a Curtis Mayfield y The Impressions, y por qué no, a toda esa veta soul de Motown, incluso alguno por allí ha sugerido cierto parecido en las primeras notas con el clásico People Get Ready de Mayfield. Es un parecido muy lejano, la verdad, tanto como podría haber entre Taxman del Beatle Harrison con Start de The Jam, y hasta donde yo sé, ningún ex Beatle demandó por eso a Paul Weller. Los propios Beatles construyeron algunos de sus temas más celebrados a partir de algunas joyas de la música universal, tal el caso del Because de Lennon cuyos teclados repetían al revés las notas del Claro de Luna de Beethoven. El carácter autorreferencial, el reciclaje, la repetición de acordes, el préstamo de notas, son comunes y admisibles en el mundo del pop siempre y cuando no sobrepasen ciertas normas, las cuales siempre Paul ha sido el más cuidadoso en respetar (es el único ex Beatle que nunca ha sido acusado de plagio), y en el caso de Anyway está claro que no sólo es otra gran canción de su cosecha sino uno de los mejores cierres para un álbum de su autoría. Treinta segundos después de concluida Anyway, se escuchan variaciones instrumentales a modo de bonus track sorpresa, lo que encandilará aún más, si cabe, a los oyentes de este sofisticado y melancólico álbum.

CATEGORÍA: Beatlemanía.